En los Tribunales II de Córdoba, se cerró otro capítulo turbio para la Policía provincial.
El cabo primero Ignacio Matías Barrionuevo (38), detenido desde hacía más de cinco meses en la cárcel de Bouwer, fue condenado el pasado martes, durante un juicio abreviado, a un año y cinco meses de prisión efectiva por haberse convertido en un policía ladrón.
Esto fue lo que terminó demostrando una investigación que le valió al cabo la imputación como autor de estafas reiteradas, de tentativas de estafa y de hurto doblemente calificado.
La sentencia dictaminada durante el juicio implica que Barrionuevo seguirá tras las rejas al menos un año más y, lo que es quizás más trascendente, fue exonerado de por vida de la fuerza.
Ya no volverá a vestir el uniforme que, en lugar de honrar, utilizó para delinquir, según él mismo reconoció durante el proceso.
Su pareja, Raquel Elizabeth Roldán (36), también reconoció su responsabilidad en el abreviado.
Fue condenada a un año de prisión condicional como coautora de varias estafas.
Esa condición la deja en libertad, aunque bajo estrictas reglas: deberá cumplir una serie de obligaciones judiciales para evitar que la condena se transforme en encierro.
La causa había sido instruida por el fiscal Andrés Godoy, quien condujo una investigación que combinó paciencia, tecnología y, sobre todo, la ayuda inesperada de un policía que decidió no ser cómplice.
Cómo robaban el poliladrón y su pareja
Barrionuevo trabajaba en la comisaría 8ª, en la calle Julio de Vedia 3250 de barrio Patricios, zona nordeste de la capital cordobesa.
Allí debía cumplir funciones de guardia y custodiar las pertenencias de los detenidos.
Sin embargo, según quedó probado, aprovechaba ese acceso privilegiado para apropiarse de datos personales y bancarios de los aprehendidos.
El modus operandi era siempre el mismo: durante la noche, revisaba billeteras y documentos que estaban bajo resguardo oficial, sacaba fotos de tarjetas y documentos con su celular y las enviaba por WhatsApp a Roldán.
Ella, desde su casa, realizaba compras online, transferencias a billeteras virtuales y recargas telefónicas.
En algunos casos, los fraudes se concretaron, y las víctimas terminaron pagando consumos ajenos. En otros, los intentos quedaron frustrados por medidas de seguridad bancaria. Pero todos los episodios sumaron pruebas que terminaron siendo demoledoras.
El detalle que más llamó la atención de los investigadores fue que algunas de las fotos enviadas a Roldán tenían como fondo el libro de guardia de la comisaría, una imprudencia que dejó evidenciado que los datos habían sido obtenidos dentro de la dependencia policial.
El “hecho 15”: el robo a autos que marcó la caída del policía ladrón
Hasta ese momento, las estafas se multiplicaban en silencio. Pero la ambición de Barrionuevo lo llevó a cometer el error que selló su destino.
El 21 de marzo pasado, durante un turno de guardia, el cabo primero tomó las llaves de los autos secuestrados que estaban guardadas en el gabinete de la comisaría.
Presuntamente junto con un cómplice, identificado como Mauro Ezequiel Quiroga –en libertad y a la espera de un juicio común–, se dirigió al playón donde estaban estacionados los vehículos.
Primero abrieron un Peugeot 307 bordó y sustrajeron un estéreo táctil y piezas del interior.
Luego, en un Peugeot 208 rojo, se llevaron una llave de cruz y un gato mecánico. Después siguieron con otros rodados: un Nissan Kicks, un Volkswagen Polo, un Fiat Uno, un Toyota Corolla y más.
Abrían, revisaban, sacaban objetos y volvían a cerrar. Todo con las llaves oficiales, sin violencia.
La escena parecía grotesca: un policía revisando autos secuestrados. “Parecía como si estuviera de compras en un local de electrodomésticos”, dijeron los pesquisas.
Mientras tanto, el aparente cómplice –que había dejado a su hija durmiendo en el auto a la madrugada– seleccionaba lo que más le convenía.
Ese episodio fue caratulado durante la investigación como el “hecho 15” y fue considerado por la Justicia como el de mayor importancia, porque definió la suerte del poliladrón.
Según la fiscalía, los hechos delictivos ocurrieron entre noviembre de 2024 y marzo de 2025.
El policía honesto y las pruebas que hundieron al poliladrón
La investigación no habría prosperado sin la actitud de un compañero de uniforme, que se negó a mirar para otro lado.
Según consta en el expediente, ese efectivo notó que las llaves del gabinete estaban revueltas. “Yo siempre las dejo ordenadas alfabéticamente”, explicó después.
Intrigado, revisó las cámaras de seguridad de la comisaría y se encontró con la imagen de Barrionuevo entrando al playón, abriendo autos y sacando cosas.
“No lo podía creer”, declaró.
Pero, en vez de callar, decidió denunciar.
Por su gesto, fue definido en Tribunales como una “rara avis” dentro de la fuerza. “Es un policía que, ante un delito interno, elige la ley por sobre la complicidad. Debe ser destacado”, dijeron fuentes con acceso a la investigación.
Con esa primera prueba, el fiscal Godoy comenzó a atar cabos. Ordenó la revisión de las cámaras, que mostraron a Barrionuevo en plena acción delictiva.
También secuestró los celulares de la pareja, donde aparecieron las fotos de tarjetas y las conversaciones entre ambos.
Los mensajes eran claros: Barrionuevo enviaba datos de plásticos sustraídos y Roldán los usaba en operaciones. En uno de esos chats, incluso, ella se quejaba de que la tarjeta no funcionaba para cargar saldo en el celular.
Con todo eso, Godoy avanzó hacia el juicio abreviado que terminó en condena.