Habida cuenta de la afición de Javier Milei y su entorno inmediato de deslizarse todo el tiempo por el borde de la cornisa, era impensable que las “fuerzas del cielo” atravesaran el tramo final del año electoral sin complicaciones inquietantes.
El primer cimbronazo de magnitud en la cúspide del poder, vale recordar, ocurrió el 14 de febrero, Día de San Valentín: esa romántica fecha fue la elegida por el presidente libertario para dispararse sobre sus propios pies el proyectil conocido como “criptogate” o “Libragate”.
El nuevo escándalo
Mientras continúan los movimientos telúricos provocados por aquel desastre, se acaba de sumar otro bombazo, detonado esta vez en los pies de la todopoderosa hermana presidencial, Karina Milei, que ya soporta sobre su figura las esquirlas de aquel inolvidable Día de los Enamorados.
La difusión de los audios que revelan la presunta afinidad de la secretaria General de la Presidencia por las coimas (señalamiento poco novedoso a estas alturas del mandato mileísta), es interpretada por algunos analistas como “la foto de Olivos libertaria” (a modo de analogía con el desventurado episodio que sepultó para siempre la credibilidad del entonces presidente Alberto Fernández).
En rigor, aún es prematuro efectuar semejante afirmación, pero lo cierto es que las sucesivas aristas que ofrece este nuevo hecho escandaloso implican un serio riesgo para las posibilidades de conservar imperturbable la imagen del Gobierno.
La sombra del kirchnerismo
El Gobierno cuenta, en ese sentido, con un recurso de valor determinante: en una porción para nada despreciable de la sociedad pesa mucho el aún amenazante apetito de poder del kirchnerismo, que no se apacigua pese a sus profundas divergencias internas.
En la medida que persista la alergia hacia esa versión incombustible del peronismo en por lo menos la mitad de la sociedad, Milei y los suyos sienten que existe una red de contención para su proyecto político, aunque las corrientes de opinión pública suelen tener cambios repentinos ante eventos que escapan a la voluntad de quienes ostentan el poder.
No vendría mal a las huestes libertarias asomarse a una clásica obra del ensayista libanés-estadounidense Nassim Nicholas Taleb, cuya mirada filosófica sobre la incertidumbre y la aleatoriedad en la vida pública debería ser muy tenida en cuenta para evitar baldazos de agua helada.
Impredecible
En El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable, segundo volumen de una obra de cinco tomos, Taleb hace hincapié en el impacto extremo de eventos atípicos, raros e impredecibles que dejan al descubierto, según el autor, “nuestra ceguera ante la aleatoriedad, en particular ante las grandes desviaciones”.
De ahí surge su “teoría del cisne negro”, traducida como acontecimientos políticos, económicos y sociales inesperados, de gran impacto, que pueden cambiar el curso de la historia y que se consideran improbables hasta que ocurren, para luego ser explicados retrospectivamente como si fueran predecibles.
En otros términos: todo es improbable hasta que ocurre. Hasta un cambio de humor social es improbable si se tiene en cuenta que hay argumentos de enorme relevancia o solidez que garantizan esa improbabilidad (como la alergia extrema al kirchnerismo o la sensación de alivio por el freno a la inflación, por ejemplo). Pero nadie puede predecir acontecimientos que, con argumentos mucho más fuertes, eventualmente podrían provocar un cambio repentino e inesperado.
Ante el completo convencimiento de Milei acerca del inquebrantable apoyo social basado en el antikirchnerismo, el control de la inflación o el dólar barato, vale la pena recordar el hecho que llevó a Taleb a bautizar su hipótesis como teoría del cisne negro: en toda Europa existió durante largos siglos la firme idea de que todos los cisnes eran blancos, hasta que, cuando corría el año 1697, el marinero neerlandés Willem de Vlamingh se topó en Australia con cisnes de color negro. Lo improbable un buen día ocurrió.
¿Exceso de confianza?
Milei podría estar incurriendo en lo que Taleb señala como “arrogancia epistémica”; es decir, el exceso de confianza basado en la creencia o la actitud de que uno sabe todo lo que necesita saber y subestima no sólo el conocimiento ajeno, sino también la complejidad y la incertidumbre de determinados temas o situaciones.
Un dato inquietante es que, según investigadores de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), “la arrogancia epistémica es un vicio intelectual que se manifiesta como falta de humildad para reconocer las propias limitaciones y la posibilidad de aprender de otros, lo que puede llevar a errores en la toma de decisiones, al fracaso de proyectos y a la perpetuación de injusticias sociales al no entender las experiencias de los demás”.
En su visión de las cosas improbables, Taleb recuerda al pavo que se acostumbra a que lo alimenten todos los días como un rey y lejos está de imaginarse que eso se termina cuando llega el Día de Acción de Gracias (famosa fiesta pagana norteamericana) y aparece el carnicero.
Milei está acostumbrado a que buena parte de la sociedad alimente su ego todos los días, al menos hasta aquí; en su mente, no existe el Día de Acción de Gracias.
Politólogo y periodista