Ah, la vida. Se la espera, se la pasa, se la sufre, se la disfruta, se la oculta, se la revela, se la padece, se la valora o se la desvaloriza con nuestras acciones.
Hay quienes la tienen doble, y hasta quienes la rehacen múltiples veces. Hay quienes la rechazan, la anulan, y hasta la destruyen si no es la propia vida.
Hay quienes la regalan, generosamente a través de una simple sonrisa, un abrazo, o un simple saludo; quienes la comparten porque tienen más de lo que necesitan; quienes la prestan un ratito para que otros saboreen lo que es vivir, pero sabiendo que la tienen que devolver.
Y hay quienes la roban, directamente, por envidia, por venganzas de larga data. Toman lo que no es suyo, la vida y las cosas de otros y se las quedan. Sin remordimiento ni culpa.
Y quienes la disfrutan desde el amanecer hasta el atardecer; son esos enamorados de la propia vida plena, los que no se preguntan ni el porqué ni el para qué de sus vidas. Sólo la viven.
Lo tienen todo y a veces sin conciencia ni empatía por otros después de disfrutarla, la desprecian, la tiran o la quitan.
Las últimas páginas de los diarios –o las primeras, dependiendo de las circunstancias– nos hablan de esos personajes.
Hay quienes la pelean. A veces la vida les da un golpe y ellos son capaces de evitarlo, y otras reciben el golpe en el estómago y se le levantan para seguir peleándola. Al final algunos terminan en la lona, y otros se las arreglan para encontrar un propósito en la vida y se dedican a eso.
Están quienes la recibieron hace poco y no entienden bien qué hacer de su vida, y a veces se la quitan por problemas que creen que los superan: una solución permanente para un problema transitorio, me explicó una vez una señora mayor.
Y hay viejos a quienes se les pasó la vida sin vivir la propia, viviendo la de los demás, y un día se encuentran vacíos de afectos.
Quienes, sin una vida propia saludable, nos dan consejos de cómo vivirla. O quienes manejan las vidas ajenas, sin tener idea de lo que les pasa a esas personas por ignorancia o a propósito.
Esos que no ven que sus acciones –de ese que tiene la manija de la ley o de la salud– controlan, acorralan o ahogan a otros y no les importa.
Y hay quienes miran de frente las injusticias de la vida en los otros y no temen hablar, ni denunciar, ni exponer. Los que se juegan la propia vida para salvar a otros. Los que la definen como un valor y no como un lucro.
Los que ayudan sin temor de ensuciarse las manos, los que visitan a los enfermos, los que sanan heridas invisibles, los que alimentan no sólo el cuerpo, sino el alma.
Ah, la vida. Nadie la pide, pero todos los que pisamos esta tierra la recibimos de mejor o de peor manera. Nadie, nadie sabe cuál o cómo será su destino. Qué pasara con ese niño o niña.
Desde afuera vemos la suerte de aquellos a quienes se los espera para nacer, para quienes una cuna con sabanitas nuevas y un cuarto propio es su primer lugar en el mundo; o la desgracia de los que no pidieron nacer y les toca un entorno hostil, el rechazo de algunos, un rinconcito en alguna cama de una plaza para compartir con alguien.
Nunca se sabe cuándo el esfuerzo de los padres o de quien los cría, o un golpe de suerte, transformarán una mera existencia en una vida que merece ser vivida.
Licenciada en Sociología