Vivía en San Pablo, en 1982, cuando la noticia de que se había descubierto una gran mina de oro en el Estado de Pará, Brasil, provocó un gran desplazamiento de personas hacia ese lejano lugar.
El oro lo descubrió un niño que nadaba en un arroyo. Vio algo que brillaba en el fondo de las cristalinas aguas, recogió lo que pensaba que era una piedrita dorada, y más tarde se descubrió que era una pepita de oro.
La ola de seres humanos que se dirigió al lugar fue inmensa, y poco tiempo después comenzó la extracción a gran escala, de lo que surgió la mina a cielo abierto más grande del mundo, llamada Serra Pelada, donde más de 100 mil personas excavaban la tierra en procura del preciado metal.
Desde la antigüedad, el oro ha sido un atractivo para quienes se desean enriquecer rápidamente. Reyes, aventureros, piratas y hasta solitarios mineros han sumergido sus cribas en las márgenes de algún arroyo en su búsqueda. Han luchado por poseerlo y, en épocas más modernas, empresarios y países desarrollan tecnologías para encontrarlo.
En las noticias y en el cine
Estaba un día en la sala de TV del pequeño hotel donde me hospedaba en San Pablo. Era la hora de las noticias y el periodista informó que un grupo de buscadores de oro habían perdido la vida a manos de los indígenas de la etnia yanomami.

Los yanomamis viven en una reserva protegida de 10 millones de hectáreas y son unos 30 mil indígenas, pero los mineros ingresan ilegalmente a la reserva y provocan graves daños a la flora amazónica, además de transmitir enfermedades y contaminar los ríos al usar mercurio para separar el oro del barro que extraen del fondo de los ríos. Así, en ocasiones, los indígenas hacen justicia a su manera.
Cuando el periodista terminó el informe, mostraron al cacique de la etnia, que explicó que les habían avisado tres veces a los mineros que no podían extraer oro en la reserva, que se retiraran, pero no lo hicieron y tuvieron que matarlos, dijo, abriendo los brazos como diciendo que no habían tenido otra opción.
Además, el oro también ha inspirado a escritores como Jack London, quien relató en su novela Colmillo blanco, y en muchos de sus cuentos, como Las mil docenas, episodios de la llamada “fiebre del oro” que ocurrió en Alaska.
Algunos directores de cine han rodado películas como El tesoro de la Sierra Madre, donde los personajes muestran cómo la ambición, el engaño y la desconfianza llevan al límite las conductas humanas. Hasta Jorge Luis Borges asoció el color del metal para el título de su libro, El oro de los tigres.
El negocio
El dueño del hotel donde me hospedaba era un viejito portugués que había llegado a Brasil sin un centavo, pero que el destino quiso que hiciera fortuna, por lo que era propietario de tres hoteles.
Todos los días pasaba por el hotel a las 6 de la mañana y controlaba si todo estaba bien; entraba a la sala de café, donde Natalia, la jefa de personal y muy amiga de él, lo recibía.
El viejito “Mane”, tal el sobrenombre, observaba que la vajilla estuviera limpia y que los huéspedes no hubieran usado las ollas y los enseres de la cocina, ya que algunos acostumbraban a preparar allí comidas rápidas para economizar.
El portero de turno noche era el que tenía que impedir que lo hicieran, pero a veces él mismo se preparaba la cena allí. Había huéspedes mensuales y de varias nacionalidades, la mayoría seres atados a los vaivenes de la suerte generalmente esquiva.
Cierto día se hospedó un brasileño que en poco tiempo había hecho amistad con todos. Grande fue la sorpresa cuando una noche, conversando en la recepción del hotel, se dirigió a su habitación y regresó con una barra de oro que parecía pesar un kilo, y dijo que, de donde él venía, todo el mundo tenía una barra como esa, y que por problemas económicos quería venderla a un precio menor que la cotización de ese momento.
Nadie se interesaba en el negocio, que a todas luces parecía sospechoso. Uno de los huéspedes, llamado Álvaro, elocuente y de buena presencia, era un bribón desfachatado capaz de rasgar un cheque, como lo hizo una noche delante de todos cuando un señor se presentó con un cheque sin fondos que le había extendido, y además de no pagarle, le reprochó que le había hecho pasar vergüenza al hacerle la cobranza frente a nosotros.
Pasaban los días y el dueño de la barra de oro insistía en la venta de esta, que vi en varias oportunidades. En algún momento, Álvaro se cansó del asunto, tomó la barra y la llevó a un lugar.
Cuando la vi nuevamente, estaba cortada al medio y observé una gruesa veta oscura de cobre, lo que confirmó lo que sospechábamos: que el señor era un estafador. Sin embargo, el hecho no provocó ningún altercado ni discusión y todo continuó como si nada hubiera ocurrido.
Sueños dorados
Tiempo después, yo había conseguido alquilar una casa en un barrio llamado Vila Romana, que tenía las calles con el nombre de emperadores, cónsules y generales romanos, como Coriolano, Vespasiano, Faustolo, Fabia, Tito, Caio Graco.
La casa estaba en la Duilio, que después supe que había sido un general romano a quien le habían dado a cargo la flota romana para luchar contra barcos cartagineses. Duilio, gracias a una estratagema que consistió en unos garfios, conseguía arrastrar las naves enemigas a aguas poco profundas y vencerlas.
La casa estaba en la planta alta, a la cual se accedía por una empinada escalera. En la parte baja vivía la propietaria, una anciana con una hija delgada, de largos cabellos negros, y su hijo.
Todos los días almorzaba en un pequeño bar que había en la esquina. Un día me dirigí allí, me senté en uno de los taburetes y pedí un prato feito (plato del día).
A pocos metros, había un grupo de vecinos que conversaban con una persona que no conocía. Era un hombre de unos 35 años, delgado, de cabellos rubios, que vestía una campera de cuero muy gastada y jeans. Mientras almorzaba, yo escuchaba la conversación.
El desconocido relataba que todos los meses piloteaba una avioneta hasta el Estado de Acre, al límite con Perú, en plena selva amazónica, y allí compraba oro a los mineros.
Poco después, los vecinos se retiraron y el desconocido pidió un almuerzo. Entonces me acerqué y le pregunté sobre los viajes que realizaba a Acre. Así, me comentó que el dinero se lo daba un millonario y que había sido asaltado varias veces.
Le dije que me interesaría ir a buscar oro y si podía llevarme al lugar. Me dijo que no había ningún problema, que me podía llevar, me dejaba allí y todos los meses él me compraba el oro que hubiera recogido.
Me aseguró que podría retirar 10 gramos por día. Le pedí los datos y le dije que me comunicaría. Sin embargo, no viajé, y quien me convenció de no hacerlo fue mi pareja de entonces, y entre otros argumentos me dijo que había muchas enfermedades, que hacía poco tiempo que en Acre habían asesinado a Chico Méndez, el conocido defensor del medio ambiente que se oponía a la explotación agrícola que impulsaban poderosos grupos económicos.
Por esas razones y muchas más, no fui un garimpeiro, como se les llama en Brasil a los buscadores de oro.
Hasta hoy, estoy arrepentido de no haber realizado la que podría haber sido la mayor aventura de mi vida. Estaba en el momento justo, era joven y dispuesto a cualquier cosa que significara una aventura, y también mejorar de vida.
Tal vez el piloto era un truhan, un fulero; tal vez no hubiera regresado nunca de allí; pero aun así creo que valía la pena el riesgo. No obstante, en una cosa mi pareja tenía razón: en esos lugares tan retirados, sólo existe la ley de la bala. Ahora todo pasó, pero creo que esa vez el oro brilló cerca.