A Favor: Atrapa y entretiene
Diego Tabachnik
Con lo difícil que es conseguir un éxito en los sobrepoblados catálogos de plataformas de streaming, Sebastián Ortega supo resolver con elegancia el final de El marginal.
Es cierto, tampoco descubrió la pólvora, sino que hizo un spin off de la serie carcelaria que inmortalizó personajes imborrables como Borges o Diosito. Pero, aquí lo importante, lo hizo muy bien.
En el barro es una gran continuación (más a nivel estético que narrativo) de su serie madre. Hay algunos pocos personajes que vienen de aquel universo, y que son claves.
El de Gladys Guerra, por ejemplo, la viuda con experiencia en el mundo del hampa que interpreta Ana Garibaldi; o el cínico, corrupto pero carismático Sergio Antín (el mejor puteador de la ficción argentina), el director del penal que interpreta Gerardo Romano.
Lo interesante es que todo el resto del elenco acompaña con buen nivel en términos generales: desde leyendas como Rita Cortese hasta “novatas” en la actuación como María Becerra.
Mucho se le critica a la serie la exageración que plantea del universo carcelario, en este caso, femenino. El problema está más en quien lo mire buscando la rigurosidad de un documental o de un informe periodístico. Esto es una ficción. Punto. Tiene que ser verosímil pero dentro de su propia lógica, y en el mientras tanto nos tiene que atrapar y entretener. Eso lo cumple holgadamente.
El otro punto que también se le cuestionó fue la sexualización de la trama. Ahí estaría bueno no dejarse “horrorizar” por las escenas más subidas de tono (que no son la mayoría ni por asomo) y aceptar que, en el mundo real, las cuentas de Only Fans se están convirtiendo en fuente de ingreso de cada vez más mujeres. Y eso sí que no es ficción.
En contra: Se corre el foco
Juan Manuel Pairone
“Me enoja porque se queda en lo primero que ve: cuatro tetas y dos culos”, dijo días atrás Erika De Sautu Riestra, que interpreta a la doctora Olga en la serie En el barro. La actriz se refería a la crítica hecha por la conductora radial Elizabeth “la Negra” Vernaci, quien en su programa había calificado al spin off de El marginal como “porno para pajeros”.
Nobleza obliga: algo de verdad hay en el señalamiento de la locutora. Aunque esta historia carcelaria derivada del éxito original de Sebastián Ortega va mucho más allá de cualquier referencia sexual y exhibe un elenco plagado de grandes actrices y actores, lo dicho por Vernaci puede ser una primera impresión compartida por muchos de los espectadores de la serie más vista de Netflix en las últimas tres semanas.
Del otro lado, se podrá decir que En el barro intenta narrar desde la ficción aquello que (creemos) sucede tras las rejas. No es un documental ni una historia basada en hechos reales, es cierto. Pero mientras reivindica su valor naturalista (habla de la desigualdad de género, del drama de la maternidad y el encierro, del abandono que sufren muchas presas), la serie también es sinónimo de erotismo e imágenes al borde de la censura.
¿Es verosímil que dos de las presas del elenco regenteen un grupo de chicas encargadas de generar contenido condicionado para vender por las redes? ¿Es probable que la prostitución y el morbo se crucen en este universo? Todo es factible, desde ya, pero difícilmente un penal pueda mostrar un paisaje similar al de una productora de contenido pornográfico. Y eso es lo que, por momentos, transmite En el barro.
La sexualización de parte de las reclusas (con protagonismo de las más hegemónicas) y el aporte excesivo de esta parte de la historia al lenguaje visual terminan siendo asfixiantes. La tensión que el guion construye capítulo a capítulo se suspende drásticamente cuando los planos van directo a ciertas partes del cuerpo. Cansa, en definitiva, ver esa sucesión de “cuatro tetas y dos culos” que no hacen más que distraer la atención de lo verdaderamente importante.