Bajo la luz adecuada, todas las modas pueden volverse ridículas y triviales. En estas últimas semanas, el objeto de sorpresa y por lo tanto de burla fue el fenómeno therian. Se trata de una manifestación entre otras de la cultura juvenil, utilizada en ocasiones para ridiculizar un complejo proceso psicológico como la autopercepción.
No hay nada radicalmente nuevo. Quienes se definen como therian (derivado del término griego therion, que significa “bestia”) ya lo expresaban en los foros de internet en la década del ′90. Las nuevas tecnologías permiten ahora una mayor exposición, alcanzando a un público no siempre empático que se ve asaltado por lo inesperado.
Algunos de estos adolescentes y jóvenes adultos que se identifican con un animal e imitan su comportamiento dicen sentirse un poco amenazados con la repercusión mediática. Han sido insultados en la calle y no se sienten afines a quienes exageran su comportamiento para volverse virales.
No son personas que dejan de creerse humanos, ni viven disociados de la realidad. Sucede que disfrutan en su tiempo libre de vestirse como un animal al que se sienten afines. Hablar de autopercepción en este caso es un error o un acto de malicia.
Cómo orientarse en el mundo
La identidad es el concepto más íntimo del ser humano, el que roza su esencia y, en consecuencia, define su mundo. De allí que existan políticas fundamentales que garantizan la identidad de un individuo.
Con el género no sucede algo diferente. La pregunta por cómo se autoperciben las personas abrió una dimensión de cuestionamiento en la conversación pública.
Como era de esperarse, semejante apertura tiene el riesgo de la ridiculización por parte de sectores que la perciben como una amenaza a valores erróneamente asumidos como universales.
Así, es frecuente escuchar en tono de queja que “ahora cualquiera se percibe como quiere”, que “yo me puedo autopercibir como cafetera y vivir como cafetera”, y nunca falta la acusación de vagancia con un “que se dejen de joder y vayan a laburar”.
Percibir es un proceso psicológico que no se reduce a la visión, sino a una relación con el entorno que incluye la capacidad de evaluar, de emitir juicios y, fundamentalmente, de orientarse en un tiempo y un espacio. La autopercepción, entonces, es la toma de conciencia de cómo ese habitar el entorno inmediato construye la identidad del sujeto y sostiene un modo de existencia.
Cualquier persona que haya esclarecido algo fundamental de sí misma (quién es su familia, su origen, su género, su diagnóstico) habrá comprendido cómo el mundo y su lugar en él se vuelven enteramente diferentes.
Todo animal es político
Quienes disfrutan de vestirse como animales no humanos en su tiempo libre no se autoperciben como gatos o perros. Se identifican con ellos en términos de afinidad y se juntan con otros semejantes para descubrir que eso no tiene nada de malo.
No es muy diferente al hincha de un equipo que en su tiempo libre se reúne en un espacio específico (cancha), emite sonidos propios de esa práctica (alentar) con sus semejantes (otros hinchas) y adopta un comportamiento especial frente aquello que lo identifica (colores, valores e historia).
El fenómeno therian es utilizado por sus detractores para reescribir un capítulo en la larga historia de deslegitimización del proceso de autopercepción, especialmente de género. Se lo reduce a un capricho, a una ocurrencia pasajera, a la expresión de gente confundida que hasta merece una cachetada para entrar en razones, porque la violencia es el recurso que nos ha sido dado para lidiar con lo desconocido.
Dejemos que los therian sean therian, como lo hicimos con los floggers, emos, rollingas, góticos, raperos, skaters, rastafaris y hippies. Lo único que puede pasar es que alguien se sienta más cómodo en el mundo.

























