Ser es ser consumidor. Esa sentencia cifra el modo de legitimación que tiene la subjetividad del presente, persistente en su afán de exhibir lo que consume: cookies, labiales y series. Resiste, sin embargo, un tipo de artefacto que no ha sido completamente fagocitado por la lógica del descarte inmediato: el libro.
Dos días después del Día del Lector, se presentó un informe preliminar sobre la Feria del Libro de Buenos Aires 2025.
Fue realizado por la Fundación del Libro y expertos de la Universidad Católica Argentina, con el objetivo de sistematizar el comportamiento del público y la experiencia de los expositores para anticipar la 50° edición el año que viene.
Los resultados muestran una marcada fidelidad del público e interés por firmas de ejemplares y conferencias. También señala otro dato relevante: solo el 50% compró libros.
Si la mitad de los asistentes no cumplió el objetivo principal del evento, podría deberse a la palpable situación económica del país, pero también a una razón mayor: el fallido intento de considerar el libro una mercancía cuya venta se garantiza con la visibilidad.
La existencia misma de un informe que aspire a comprender el comportamiento del público en términos cuantitativos refuerza ese paradigma consumista. Negar esa variable sería una necedad, pero promoverla, un error similar.
El más allá
Sacralizar los libros es una forma de asegurarse de que jamás sean leídos; nadie se apropia de algo que le es ajeno. Reconocerle, en cambio, un valor intrínseco irreductible a las modas permite sostenerlo en una sana marginalidad.
Hace poco, la escritora María Negroni, entrevistada por Hinde Pomeraniec, cruzó a la literatura con el entretenimiento para declararlos asuntos separados: “los libros entretenidos me aburren”.
Se inclina, antes bien, por aquellas obras en las que el tema cede en favor del trabajo sobre el lenguaje, donde la escritura se tensa para consolidar su propio temperamento.
Encuentro que demandarle a un libro una cuota importante de ese temperamento expone la fuerza que trastorna la pasividad del paradigma consumista y habilita su trascendencia. Se abre a un “más allá” al que no llegan los libros dispuestos para el entretenimiento.
En esa misma sintonía, Umberto Eco celebraba la compra de libros aun cuando no se contara con el tiempo para leerlos y terminan compitiendo con el deseo de adquirir otro.
El filósofo italiano utilizaba la metáfora de la medicina y las herramientas: se los tiene por ahí para tenerlos a mano, cuando sea el momento adecuado para tomarlos.
Leer un libro al azar porque está en la pila “sin leer” es un acto que hace del libro una mercancía, un bien que, una vez leído, pierde valor.
Los libros no admiten la sustitución ni el intercambio, cualidad fundamental en los productos que nos entretienen. No da lo mismo cualquier literatura en cualquier momento porque hay escrituras con distintos temperamentos.
La razón que te demora
Los porcentajes, índices y cifras de recaudaciones de la Feria del Libro de Buenos Aires colaboran con una construcción del libro como mercancía. Comprar más libros, contar con más asistentes y conferencias no nos hace mejores lectores, nos hace mejores consumidores de libros.
No menos sucede con el solemne gesto de sacralizar el libro como artefacto, en tanto es un arquetipo que alimenta ese prejuicio de que la mera adquisición de un libro significa un progreso cultural o intelectual. En algún momento el libro habrá sido un formato que galardonaba su contenido, pero una visita fugaz a cualquier feria nos dice algo distinto.
Es una interesante aporía la que encierra el libro. Es un dispositivo que asume múltiples sentidos falsos y, a la vez, es el que permite reflexionar sobre ellos. Soporta usos espurios y los resiste. Como lectores, tenemos la potestad de respetar nuestro rol exigiéndole a la literatura que no nos entretenga para pasar el rato, sino que nos demore en ese durante.