De familia de bodegueros, Susana Balbo hizo carrera en Salta renovando el perfil del torrontés y ahora junto con sus hijos continúa en Mendoza apostando por las cepas blancas.
La vida de Susana Balbo es una fascinante trayectoria de lucha y superación. En un mundo muy masculino, se ganó el prestigio y el respeto con la transformación del torrontés, y luego con los extraordinarios vinos que produce en la bodega que lleva su nombre y maneja junto con sus hijos José y Ana.
El año pasado, la bodega cumplió 25 años y los encuentra frente al desafío constante que significa hacer vino y en especial con el objetivo de incorporar el variado mundo del vino blanco a los paladares nacionales, difundiendo además los vinos en los restaurantes Osadía de Crear y Críos, además de un hotel boutique en Chacras de Coria.
José Lovaglio, su hijo, es gerente de enología de la bodega y encargado de la comunicación.
Con una producción de más de dos millones y medio de litros, de los cuales la mitad corresponde a vinos blancos, no es casual que la especialidad sea el torrontés, cepa nacional por excelencia que su madre supo redescubrir en su juventud trabajando en Salta.

–¿Cómo llegó Susana Balbo a hacerse un lugar en una industria dominada por hombres?
–Ella sentó el precedente de la lucha y la superación. Fue a Salta y cambió el perfil del torrontés. Luego volvimos con toda la familia a Mendoza, asesoró bodegas, y fundó una bodega con mi padre, los estafaron y perdieron todo. Ella tenía reputación como técnica y consiguió trabajo en Catena en la parte de comercialización y aprendió mucho de esa experiencia. Años después, decidimos encarar el proyecto actual que es la bodega Susana Balbo, enfocada en los mercados internacionales como una manera de diversificar el riesgo, y agregamos un restaurante en la bodega pensado como laboratorio donde poder desarrollar la experiencia de los vinos frente a diferentes situaciones gastronómicas.
–¿Por qué eligen Agrelo?
–Llegamos a este lugar porque está estratégicamente ubicado en Mendoza, dentro de la primera zona. Las uvas tienen un perfil que produce vinos muy elegantes, con rica fruta, que era el punto focal cuando empezaban las exportaciones y se abría la categoría argentina. Después la industria viró hacia vinos frescos, más intensos, más profundos en acidez, y eso se adquiere con un poco más de altitud y suelos pobres y empezamos a trabajar con uvas del Valle de Uco.

–¿Qué enfoque les dieron a los vinos?
–Nuestro primer vino fue el Brioso, que proviene de un viñedo plantado para hacer este vino. En ese momento, la industria miraba más hacia California como tendencia, pero mi madre siempre fue una persona de criterios propios y el objetivo era mostrar la capacidad de nuestro terroir. En esa época, sacar un malbec era medio esotérico, porque la categoría no estaba consolidada. Por eso tenemos un portfolio diferente al de otras bodegas. La mitad del volumen que producimos son vinos blancos enfocados en la alta gama.
–Eso no es usual en las bodegas argentinas.
–Las bodegas argentinas durante mucho tiempo tenían el blanco como más económico que el tinto. Nosotros no lo concebimos así y les damos tanta trascendencia al blanco como al tinto. Ahora hay un auge de los blancos en Argentina, pero en esta bodega el vino blanco estuvo enfocado desde el principio, porque mi madre, en su recorrido por los Valles Calchaquíes, tuvo la oportunidad de desarrollar el torrontés y de influenciar en cambiar el estilo de producción de esa uva.
–¿Cuáles fueron los cambios?
–Buscar un vino más elegante, lograr una fineza mediante un cambio en las técnicas de producción. En esta bodega, el desarrollo de los vinos no se ha dado solamente con las cepas clásicas, sino también con el torrontés, que lo desarrollamos en todas las zonas vitivinícolas en las que tenemos influencia. Tratamos de hacer un vino icono y exclusivo de esta cepa nativa y eso no es tan común.

–Ahora encontramos perfiles de mucha personalidad en vinos blancos. ¿A qué se debe?
–Ese camino diferente que hemos tomado por tantos años hizo posible obtener perfiles diferentes y ricos. El torrontés manejado de manera particular es lo que nos permitió realizar lo que llamamos “la revolución del blanco en Argentina”. En el sentido de que es una cepa muy particular, de que tiene mucha personalidad, de que tiene una trayectoria histórica importante para Argentina. Lo que es una revolución es que hemos descubierto que el torrontés creciendo en diferentes circunstancias, con un poco más de frío, en diferentes zonas del Valle de Uco, donde hay mucha puja entre la radiación del sol y a la vez el frío de la cordillera, hace que el torrontés genere perfiles inclinados hacia hierbas finas y toques cítricos en vez de ser tan floral y dulce como en Salta.

–Es como que el torrontés se ha refinado y ofrece sensaciones totalmente diferentes.
–La revolución del torrontés es eso, descubrir nuevos perfiles en la medida en que haya nuevos lugares. Hemos encontrado una satisfacción en esta nueva categoría del torrontés, sin desmerecer todo el desarrollo de Cafayate, de San Juan, de La Rioja. Requiere otros conceptos, otras técnicas, lugares nuevos. Los productores se han dado cuenta del carácter y de la diversidad del torrontés, que puede ser floral, amargo, tropical, liviano, complejo, herbal, salvaje. También ofrece cosas increíbles como blend, jugando con elegancia, fineza y un toque de exotismo. Es una cepa antigua y nacional, no hay nada más argentino que el torrontés, y nuestro trabajo de años fue presentar una versión más moderna y versátil.
–Los blancos sorprenden y divierten. ¿Cómo hacer para que la gente opte por el blanco?
–Creo que se está dando un cambio de hábitos, y los blancos argentinos han cambiado y son vinos que tienen estructura, peso en el paladar, entonces a la hora de acompañar la carne compatibilizan muy bien. Pero no sólo eso, sino también, con la acidez vibrante y con el frescor que tienen, son muy compatibles con la gastronomía más variada que hoy en día todos consumen. No siempre se come asado a la mañana. Va muy bien con ensaladas, con cocina fresca y sencilla, también con la cocina peruana. Los vinos blancos y rosados de alta gama son una revolución que hay que descubrir y disfrutar.





















