Carolina vive desde hace seis años en un estado de persecución permanente en un contexto de violencia de género que se agrava con el correr de los meses.
A sus 45 años, madre de una niña de 10, acumula denuncias, internaciones y secuelas físicas y emocionales provocadas por su expareja y padre de su hija, que la marcaron para siempre.
Su historia es la de una mujer víctima de violencia que se niega a callar. “No es vida lo que yo tengo. Nos destruyó en todo sentido. Lo único que quiero ahora es empezar de nuevo con mi hija y que él pague por lo que hizo”, asegura en diálogo con La Voz.
Un calvario de años
El sufrimiento de Carolina comenzó en 2019, cuando denunció a su expareja por agresiones físicas que casi le cuestan la vida. Aquella causa quedó archivada, pero las amenazas y el hostigamiento no cesaron.
“Me mudaba y él me seguía, me buscaba, me hacía perder trabajos. Siempre me repetía: ‘Te voy a matar’. Mi hija y yo vivimos aterradas”, relata su sufrimiento.
A comienzos de este año la violencia escaló. En enero pasado, mientras volvía a su casa en barrio Alberdi, de la ciudad de Córdoba, a la altura de avenida Colón y Paseo de la Reforma, fue atacada en plena calle por su expareja. La Policía logró detener al agresor y permaneció 20 días preso, pero luego recuperó la libertad con una tobillera electrónica.
“Rompió los muebles de mi casa, me destruyó el consultorio de estética donde trabajaba, me arruinó camillas y equipos. No me dejaba progresar ni vivir tranquila”, cuenta la mujer.
Las secuelas de esa etapa fueron también emocionales: Carolina debió ser internada y sometida a tratamiento psiquiátrico.
El ataque más grave
Hace menos de un mes, el 3 de agosto, Carolina volvió a estar al borde de la muerte. Al salir de su casa para buscar a su hija, fue sorprendida por tres personas encapuchadas que la esperaron en inmediaciones de su domicilio.
“Me golpearon entre los tres, uno hacía de custodia y los otros me atacaron. Una era mujer. No los pude reconocer, pero me lo nombraban a él. Si un vecino no pasaba en ese momento por el lugar, hoy estaría muerta”, relata todavía conmocionada por el hecho.
El saldo de esa emboscada fueron lesiones graves: una fisura en la nariz, problemas en la vista y dolores de cabeza crónicos.
“Desde entonces tengo ataques de pánico, no puedo salir tranquila afuera con mi nena, hasta tuve que cambiarla de turno en la escuela. Esto no es justo. Nos arruinó la vida”, dice Carolina con impotencia.
Reclamo a la Justicia
Pese a la gravedad de los hechos y a que el agresor violó al menos cinco veces la restricción de acercamiento, la primera parte de la causa ya fue elevada a juicio abreviado. Esto abre la posibilidad de una condena menor y excarcelable.
“Me dijeron que le quieren dar trabajos voluntarios o un año de pena. Es una burla. Intentó matarme tres veces. Quiero un juicio oral y una pena máxima”, exigió.
Su abogada, Sandra Lanza, confirmó que la segunda parte de la causa, la de los últimos ataques, se tramita en la Fiscalía de Violencia Familiar y de Género Nº 5 de Tribunales II, en la ciudad de Córdoba.
“Ya nos constituimos como querellantes. Hay pruebas contundentes de la responsabilidad de este hombre. La fiscalía actuó de manera impecable y va a elevar el caso a juicio. No se puede minimizar lo que pasó”, asegura la abogada.
Carolina no contaba con representación legal particular y recién el viernes pasado se comunicó con Lanza, quien asumió su defensa y formalizó la querella.
Vivir con miedo
Hoy Carolina se encuentra con botón antipánico, tobillera dual para monitorear al agresor y una consigna policial en la puerta de su casa. Sin embargo, cuando necesita trasladarse a otros lugares siente que su vida sigue en riesgo. “Si ya mandó sicarios una vez, ¿qué me garantiza que no lo vuelva a hacer?”, se pregunta.
Su vida cotidiana cambió por completo. “Yo solo quiero poder trabajar para mantener a mi hija y tener una vida en paz. Esto que yo tengo no es vida”, lamenta entre lágrimas.
La madre y las hermanas de Carolina la ayudan económicamente para poder sostenerse, ya que perdió su fuente laboral cuando su expareja destruyó el consultorio de estética que había armado con mucho esfuerzo. “Necesito comprarme los equipos que él me destruyó para volver a trabajar”, explica.
La mujer abrió una cuenta bancaria para recibir ayuda solidaria mientras intenta reconstruir su vida: su alias es jamon.cabina.lomo. “Todo lo que deseo ahora es trabajar y poder ir a la plaza con mi hija sin sentir miedo y pánico”, dice.
La víctima remarca que pese a las reiteradas denuncias, las restricciones violadas y los ataques sufridos, su agresor continúa encontrando la forma de hostigarla.
“Violó cinco veces las medidas de restricción y no está preso. ¿Qué más tiene que pasar? No quiero ser otra cifra”, advierte Carolina. Y cierra: “No me queda otra que acudir a los medios para que alguien me escuche”.
