Los femicidios de Brenda Torres y Milagros Bastos, que conmovieron a la ciudad de Córdoba en las últimas semanas, estremecieron por la saña con que fueron cometidos.
Brenda, una joven de 24 años, fue asesinada en agosto pasado y su cuerpo descuartizado en barrio Chateau Carreras.
Milagros, de 22, fue hallada semanas después dentro de un placar en un departamento del centro de la Capital. Se cree que podría haber sido asesinada en 2024.
En ambos casos, los presuntos agresores están imputados y la Justicia investiga sus responsabilidades.
Más allá de los hechos concretos, por sus circunstancias presuntamente ligadas al consumo de drogas, estas muertes volvieron a poner en primer plano una pregunta de fondo: ¿qué pasa cuando la violencia de género se cruza con contextos de consumo problemático de sustancias? ¿Cómo se potencian las dinámicas de poder y manipulación de los varones en esos casos y qué lugar de vulnerabilidad ocupan las mujeres?
Especialistas en género y adicciones advierten que el cruce de estas dos realidades, violencia y consumo, genera una vulnerabilidad extrema.
La estigmatización social, la doble victimización y la falta de acceso a redes de apoyo dejan a las mujeres expuestas a violencias letales.
Violencia de género
Belén Sueldo, psicóloga y directora del Centro Integral de Varones de la Secretaria de la Mujer de la Provincia, y María José Carignano, abogada y directora General de Políticas de Género, explicaron en diálogo con La Voz que “cuando las mujeres atraviesan situaciones de violencia de género y de consumo, esas realidades no son paralelas ni separadas: se entrelazan y las colocan en un lugar de mayor vulnerabilidad”.
Las especialistas advirtieron que en muchos casos el consumo de mujeres aparece como una estrategia de supervivencia frente al dolor y la violencia, pero lejos de alejarla, la profundiza: “psicológica, física y sexualmente”.
A ello, se suma un fenómeno de doble estigmatización. Por un lado, ser víctimas de violencia; por el otro, ser señaladas por su consumo.
“Esa mirada social muchas veces minimiza o invisibiliza lo que viven, se las responsabiliza o se las considera ‘malas víctimas’ porque no responden al estereotipo que la sociedad espera de una mujer”, remarcó Sueldo.
Carignano explicó que el femicidio no puede ser entendido como un acto privado, sino como una manifestación pública de poder. “Las interseccionalidades, como pobreza, consumo o salud mental, no se suman simplemente, sino que crean vulnerabilidades específicas”. En esos contextos, los agresores se sienten “más impunes y con mayor poder sobre las víctimas”.

En ese aspecto, Carignano recuperó conceptos de la antropóloga Marcela Lagarde: “En el imaginario social, una mujer atravesada por consumos o por situaciones de marginalidad es catalogada como una ‘mala víctima’. Y eso la convierte en un blanco más fácil para los agresores”.
Crueldad y mensaje colectivo
Sueldo y Carignano coincidieron en que los femicidios más crueles, como los recientes de Brenda Torres y Milagros Bastos, se tienen que analizar también en la forma en que los cuerpos fueron tratados.
En ese sentido, retomaron el concepto de Rita Segato, quien sostiene que no basta con matar: los agresores buscan dejar un mensaje público a través de la crueldad ejercida sobre el cuerpo femenino.
“Cuando se expone un cuerpo de manera degradante, no se trata sólo de un asesinato, sino de una forma de comunicación. Es un mensaje colectivo que reafirma el control de los varones sobre las mujeres, reforzando la idea de que no son sujetos de derechos sino objetos de dominación”, sostuvo Sueldo.

La deshumanización del cuerpo de la víctima, convertido en objeto de humillación pública, viola el principio básico de dignidad de la persona. “Estos femicidios son exhibiciones de poder patriarcal y mandatos de crueldad que buscan disciplinar al conjunto de las mujeres”, planteó.
El mandato de masculinidad y el consumo
Gabriela Bard Wigdor, doctora en estudios de género, magister y licenciada en trabajo social, aporta una mirada sobre los varones que son agresores: “El consumo problemático no produce violencia, pero sí potencia los rasgos violentos ya presentes en los varones”.
En sus investigaciones sobre masculinidades y consumo, observa que la cultura del “aguante” y la exigencia de mostrar potencia y control sobre otros predisponen a los varones a mayores riesgos.
“Los varones se ponen mucho más en riesgo que las mujeres, y el consumo agudiza sus prácticas más agresivas o las desinhibe. No genera la violencia, pero la exacerba”, sostuvo.
Bard Wigdor señaló que, en contraste, las mujeres que consumen suelen quedar más expuestas a violencias sexuales, embarazos no deseados y situaciones de manipulación: “Claramente las consecuencias del consumo son más graves para ellas porque no ejercen violencia, sino que quedan más propensas a padecerla”.
El consumo como herramienta de manipulación
En línea con lo que plantea Bard Widgor, los especialistas de la Subsecretaría de Salud Mental y Adicciones de la Municipalidad de Córdoba, Lucas Torrice, Clara Gutiérrez, Soledad Fuentes y Jésica Fernández, remarcaron que el consumo también es utilizado por agresores como mecanismo de control.
“Muchas veces el violento facilita la sustancia y se convierte en quien supuestamente ‘cuida’, pero en realidad manipula y explota a la mujer”, explicó Torrice.

Se trata de dinámicas difíciles de identificar porque se confunden con relaciones afectivas o de pareja, pero que esconden explotación y sometimiento.
Los especialistas coinciden en que el abordaje no debe centrarse sólo en la sustancia, sino en la trama social y remarcan la necesidad de generar estrategias de abordaje para cada caso y en las que participe la comunidad de esa persona. “La sociedad está más dispuesta a ofrecer ayuda a quien tiene un problema de consumo que a garantizarle un trabajo o un entorno digno”, reflexionaron.
Estigmas y barreras de acceso a la salud
El equipo de adicciones advirtió que el acceso a tratamientos es muy desigual entre géneros: “En adicciones, ocho de cada diez que ingresan a un dispositivo son varones; pero en salud mental es al revés, predominan las mujeres”, señalaron.
¿Por qué? El equipo explicó que existen fuertes estigmas hacia las mujeres que consumen. “Cuando un varón inicia un tratamiento se lo ve como algo positivo: ‘se puso las pilas’, dicen. En cambio, una mujer que consume es señalada como ‘mala madre’ o como alguien incapaz de cuidar. Esa estigmatización les impide pedir ayuda o sostener un tratamiento, además de las múltiples tareas domésticas y laborales que dificultan organizarse”, indicaron.
Aun así, desde la Subsecretaría indicaron que cuando una mujer logra llegar a un centro, la prioridad es contenerla: “Para nosotros, mujer que llega, mujer que tiene que irse con una red. No siempre lo urgente es dejar de consumir, sino empezar a reconstruir lazos, acompañarla y alojar su vida, ofrecerle al principio hasta un plato de comida. Después, la reducción o abstinencia puede llegar como efecto de ese proceso”.
Contaron casos de jóvenes afectadas por adicciones en los que llegaron a tiempo de intervenir y ayudar a reconstruir sus vidas: “A Justine, por ejemplo, la encontramos con 15 años de barrio Maldonado, durmiendo en un auto abandonado. Estaba siendo sometida sexualmente y con problemas de consumo. Comenzamos ofreciéndole un plato de comida, acercándonos de a poco, la acompañamos a hacerse el DNI, a controles de salud y luego a que participe en talleres comunitarios”, contaron.
Recordaron que en ese caso de Justine llegaron a intervenir 10 instituciones en forma simultánea, entre ellas la Justicia federal, Justicia provincial, Sedronar, Senaf, la Secretaría de Adicciones y Salud Mental, entre otras.
En ese marco, remarcaron que el abordaje con el entorno de la persona y entre las distintas instituciones es imprescindible. Por eso, recordaron que en la ciudad hay cuatro centros comunitarios para poder estar más cerca de la comunidad.
Desde el Polo de la Mujer apuntaron que para estos casos en los que es probable que no sean las mujeres quienes vayan a buscar la ayuda, es necesario tener dispositivos comunitarios: “En la provincia ya hay nueve Polos de la Mujer, 255 Punto Mujer (en convenio con los municipios) y la formación de las comunidades a través de la Diplomatura de Acompañantes Comunitarias contra la violencia de género.
Los casos de Brenda y Milagros, que terminaron con el desenlace más cruel, recuerdan la necesidad de espacios y recursos para el abordaje de casos que son complejos y que exigen de estrategias puntuales.
Para las mujeres, la combinación de violencia de género y consumo significa mayor aislamiento, doble estigmatización y riesgo de impunidad.
“Que no haya más Milagros”, pidió la familia de esa joven asesinada. La frase sintetiza la urgencia: repensar las respuestas sociales para evitar que la crueldad siga siendo un mensaje de poder impune.
Consentimiento y sumisión química
Gabriela Richard Lozano, especialista en adicciones y directora de Fundación ProSalud, de Córdoba, advirtió que el consumo de sustancias no siempre aparece ligado a una adicción crónica: muchas veces se instala en la vida cotidiana bajo la lógica del “uso recreativo”.
Según opinó, en contextos festivos o sexuales es frecuente que ciertas drogas se utilicen con la idea de potenciar el disfrute. Sin embargo, esa práctica, culturalmente aceptada en algunos grupos juveniles, puede volverse riesgosa porque disminuye la capacidad de consentimiento y expone a situaciones de manipulación o abuso.
Richard subrayó que aquí entra en juego lo que se denomina “sumisión química”, es decir, el uso deliberado de sustancias para anular la voluntad de la otra persona y facilitar prácticas sexuales o situaciones de sometimiento. “Estas sustancias suelen pasar desapercibidas, muchas veces disueltas en bebidas, y generan una distorsión en la percepción que vuelve extremadamente vulnerables a quienes las consumen”, señaló.
La especialista enfatizó que este fenómeno no afecta únicamente a las mujeres, aunque en ellas se potencia por las desigualdades de género. Pero en todos los casos, lo que está en juego es la capacidad real de dar un consentimiento: “cuando una persona está bajo los efectos de estas sustancias, su posibilidad de decidir libremente queda anulada”, advirtió Richard.
Por eso insistió en que es necesario abrir el debate social y familiar sobre el consumo recreativo, incluso del alcohol, la droga legal más extendida, ya que también puede ser utilizado como herramienta de sometimiento.



