En el tercer país productor de soja del mundo –que es Argentina–, hay un cereal que viene creciendo a tasas chinas.
La referencia es para el maíz, un cultivo que en los últimos 30 años triplicó la superficie nacional y duplicó los rendimientos, y tiene a Córdoba como la principal provincia productora.
El potencial de su cadena de valor quedó nuevamente reflejado en la cuarta edición del Congreso Internacional de Maíz, que se realizó esta semana en Rosario, entre el 27 y el 28 de agosto. Más de 120 disertantes nacionales y de 10 países analizaron el futuro del cereal, el grano que más se produce en el mundo.
A días del inicio de su siembra en la región pampeana, el cereal volverá a recuperar terreno en la rotación, con un crecimiento de casi 10% en el área implantada respecto del ciclo anterior.
En muchas zonas, esa recuperación será sacándole protagonismo a la soja.
Si bien durante 32 campañas agrícolas –desde 1987/1988 hasta 2018/2019– el maíz se mantuvo en el segundo lugar por detrás de la soja, en términos de volumen, esa tendencia nacional se revirtió de la mano de los mayores rendimientos por hectárea.
Desde hace seis campañas, el cereal recuperó el liderazgo productivo y se consolidó como el grano que más se cosecha en el país.
Algo similar sucede con sus usos, los que crecen al ritmo de las investigaciones que le van descubriendo nuevas propiedades.
Si bien su principal función seguirá siendo la de alimentar, tanto en ganadería como a los humanos (con sus híbridos industriales), el maíz cuenta sus usos por miles.
En esa lista, que algunos llegan a dimensionarla en casi cuatro mil utilidades, hay roles que sorprenden.
A modo de ejemplo, por tener ácido cítrico y un alto contenido de vitamina C, el maíz está presente en el champú y el acondicionador para el pelo.
En la pasta de dientes se emplea el sorbitol, un alcohol de azúcar de maíz que se usa para dar textura y sabor al dentífrico.
Otras utilidades como insumo no son tan comunes, pero no por ello menos estratégicas para quienes lo utilizan. En los fuegos artificiales, por caso, se utiliza la dextrina, proveniente del maíz como un aglutinante que ayuda en la formación del color y en los efectos de las luces.
A medida que fue sumando funciones, la sustentabilidad con que se produce el maíz en el país se hizo cada vez más amiga del ambiente.
En la campaña 2021/2022, un estudio realizado por el Inta y el Inti dimensionó la huella de carbono del maíz argentino. Los resultados mostraron una emisión promedio nacional de 1.248 kilos de CO2 equivalente por hectárea cosechada.
El valor ubica al grano nacional como uno de los que genera el menor impacto ambiental en la producción mundial. Se trata de una cifra hasta 66% más baja que la de otros países productores.
En esta campaña, los agricultores invertirán en el país alrededor de U$S 6 mil millones para sembrar 7,8 millones de hectáreas con maíz, según la estimación de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires. Los productores cordobeses serán los que más aportarán: U$S 2 mil millones.
La inversión total equivale a 20 regímenes de incentivo para grandes inversiones (Rigi), el programa de promoción del Gobierno nacional, que busca atraer capitales en petróleo, minería y energía, a partir de incentivos económicos y fiscales por hasta 30 años.
Todo lo contrario a la contribución maicera doméstica, que lejos de tener incentivos, es castigada con las retenciones.